La batería condiciona la vida útil de un coche eléctrico, pero su desgaste no depende solo del paso del tiempo, hasta el punto que el Departamento de Energía de Estados Unidos ha difundido que su estado viene marcado por los ciclos de carga y descarga y por las condiciones de uso, un terreno en el que influye la temperatura, pero sobre todo, la forma en la que se conduce.
Así las cosas, un estudio elaborado por investigadores de la Universidad Dianji de Shanghái y publicado en la revista Scientific Reports, ha incidido en el estilo de conducción para anailoizar este parámetro, y ha llegado a la conclusión de que los patrones más agresivos de conducción se asocian con un envejecimiento superior de la batería frente a una conducción más progresiva y eficiente.
El trabajo se ha apoyado en datos reales recogidos durante 2022 en 15 vehículos eléctricos que circulaban por Guangzhou, en China, a través de recorridos urbanos, suburbanos y de autopista. Los coches registraban cada diez segundos variables como velocidad, corriente, voltaje, temperatura y estado de carga, y los investigadores agruparon después esa información en tramos de 60 segundos para clasificar la conducción en cinco niveles distintos.
Entre los hallazgos más relevantes detaca que la brecha entre estilos no se explica simplemente por circular más deprisa, ya que en la categoría más agresiva, la corriente eficaz media alcanzó 66,02 amperios, frente a los 20,56 amperios del grupo más eficiente, pese a que la velocidad media entre ambos era relativamente similar. El contraste, por tanto, estaba en las aceleraciones, las desaceleraciones y la exigencia instantánea que soportaba la batería, un punto es clave, ya que una demanda brusca de potencia obliga a las celdas a entregar mucha corriente en poco tiempo, mientras que las frenadas regenerativas también someten al sistema a pulsos intensos de carga.
Según el estudio, el indicador de estrés instantáneo llegó a ser 18,4 veces más alto en la conducción más agresiva que en la más eficiente, lo que apunta a un esfuerzo mucho mayor sobre la batería a corto plazo.
Al trasladar esos patrones de uso a un modelo de degradación, los autores estimaron que, tras 1.000 ciclos, la pérdida de capacidad sería del 21,15 % en el estilo de conducción más eficiente y del 53,22 % en el más agresivo.
El trabajo incorpora un análisis contrafactual para aislar el efecto del comportamiento al volante, y en ese escenario el paso de un patrón agresivo a otro eficiente reducía un 91,3 % el indicador de estrés a corto plazo. Aun así, el propio estudio obliga a introducir como matiz importante que esos porcentajes no proceden de una comprobación física tras seguir durante 1.000 ciclos a los 15 coches analizados, sino de una predicción realizada con un modelo alimentado con datos reales.
Además, la muestra es reducida y el envejecimiento de una batería depende también de otros elementos, como la química de las celdas, la gestión térmica, los hábitos de recarga o el nivel de carga habitual.
Con todo, una lectura práctica del estudio aclara que no todos los usos intensivos afectan igual a una batería, de manera que conducir rápido no equivale necesariamente a conducir de forma agresiva. Por contra, lo que este trabajo si vincula con un mayor desgaste ,son los picos repetidos de demanda eléctrica, de modo que una conducción más lineal y menos brusca puede ayudar a rebajar la carga que soporta el sistema sin necesidad de mantener siempre ritmos bajos.

