Una de las críticas habituales al coche eléctrico pasa porque sus beneficios ambientales son difíciles de medir o que tardarán décadas en hacerse visibles. Ahora, nuevas investigaciones están aportando evidencias sólidas de unos cambios que ya empiezan a detectarse desde el espacio. El caso es que un estudio realizado por investigadores de la Universidad del Sur de California ha utilizado datos de los satelites para analizar la evolución de la contaminación atmosférica en distintas zonas urbanas a medida que se iba incrementando la presencia de coches eléctricos en ellas.
Los resultados de este trabajo apuntan a que allí donde se incrm,enta el número de coches eléctricos, disminuyen algunos de los contaminantes más asociados con el tráfico. En concreto, el trabajo, publicado en la revista The Lancet Planetary Health, empleó información recopilada por Tropomi, un instrumento de observación atmosférica instalado en un satélite de la NASA capaz de medir diariamente la concentración de diversos contaminantes.
Entre esos componentes destaca el dióxido de nitrógeno (NO₂), uno de los principales subproductos de la combustión de gasolina y diésel y uno de los contaminantes más vinculados a los problemas de calidad del aire en las ciudades.
Los investigadores cruzaron estas mediciones con los registros de matriculación de vehículos en un buen número de barrios de California, entre 2019 y 2023, para llegar a la conclusión de que por cada 200 vehículos eléctricos adicionales registrados en una zona, la concentración de NO₂ descendía aproximadamente un 1,1 %.
Podría parecer que se trata de una reducción limitada, pero los expertos le atribuyen una gran importancia, ya que no se trata de una simulación informática ni de una proyección teórica, sino de cambios detectados directamente en la atmósfera mediante observación satelital.
Uno de los aspectos más llamativos del estudio es que cuestiona la idea de que los beneficios ambientales del coche eléctrico solo son apreciables a muy largo plazo, de manera que cuando un vehículo de combustión desaparece de las calles, también desaparecen sus emisiones locales, y el efecto sobre la calidad del aire comienza prácticamente desde el primer momento.
A diferencia del CO₂, cuyo impacto se relaciona con el cambio climático global, el dióxido de nitrógeno afecta directamente a la salud de las personas de entornos urbanos, ya que su exposición está asociada a problemas respiratorios, agravamiento del asma, enfermedades cardiovasculares y otros trastornos vinculados a la contaminación atmosférica.
Con todo, lo más relevante es que estas mejoras se observaron cuando los vehículos elécgtricos todavía representaban una pequeña parte del parque móvil, ya que durante el periodo analizado, pasaron aproximadamente del 2 % al 5 % de los vehículos en circulación en California, mientras más del 95 % seguían utilizando motores térmicos.
Los investigadores también intentaron descartar otros factores que pudieran explicar el fenómeno, por lo que excluyeron los datos de 2020, ajustaron los resultados teniendo en cuenta el teletrabajo y consideraron variables como la evolución del precio de los combustibles. Además, observaron el efecto contrario... y es que en las zonas donde aumentaban las matriculaciones de vehículos de combustión, las concentraciones de dióxido de nitrógeno también tendían a incrementarse.
Todo ello apunta a una conclusión que pasa porque la electrificación del transporte no solo trae consigo implicaciones climáticas a largo plazo, sino que también genera beneficios locales visibles en la calidad del aire urbano, de manera que con una penetración relativamente reducida, los satélites ya son capaces de detectar cambios.

